miércoles, junio 09, 2004

El final de todos los cuentos.

Artículo de Marta Sanz para el abc cultural sobre "El Bello Verano" escrito por Cesare Pavese en 1940.


Quiero hablar de El bello verano desde el egoísmo de una lectora que reconoció en esta novela muchas de sus experiencias y de sus costras, y tuvo la sensación de que algunas de las impresiones que quedan, después de haber vivido, dentro de una memoria que es a la vez corazón y cabeza, eran suyas y también pertenecían a todo el género humano. El bello verano se me metió en la vida, porque las cosas que cuenta ya estaban dentro de ella, esperando el delicado momento de su verbalización. Antes de leer esta obra de Pavese, yo había escrito un libro, El frío, en el que he redescubierto las visiones escondidas entre la anécdota vital de una joven Ginnia que, al pasar la última página, se me aparece como una mujer vieja que aguarda, al fondo de un café, que alguien le dirija la palabra para tener la oportunidad de volver a equivocarse.
Ginnia trabaja en un atelier de costura y vive con su hermano Severino, se siente una mujer madura; desprecia a las compañeras del taller; busca otros ambientes y traba amistad con Amelia, una modelo, que introduce a la pequeña y amarillenta Ginnia en la bohemia de una ciudad industrial de provincias. El mundo de los rutinarios obreros, frente al mundo de los artistas, destripaterrones advenedizos, desclasados, que en su intento por bracear y salir a la superficie, ejercen una crueldad que sólo practican los que son de la piel de los supervivientes. Pavese habla de los artistas que recrean mundos-burbuja, de los que se alejan de lo humano, de los que utilizan los colores como capas bajo las que cubrirse para no ver sus manos ajadas por un fracaso seguro. Existe una correspondencia sutil entre este concepto del arte y el estilo de El bello verano, un texto en el que se olvidan los mecanismos relojeros de las ficciones y sólo queda una amarga percepción de carne y hueso. Porque en esta novela las palabras de la literatura son vida, y retornan a ella.
En El bello verano, todos son pobres: Ginnia se construye contra un universo de precariedad material y humana, en el que la bohemia es marginalidad y sífilis, alcohol económico y muchachas que andan sin medias y con un sombrerito gastado, porque su salario no existe o no da para más. Justo aquí, Ginnia se enamora o, como casi siempre ocurre, creerá que se enamora de Guido, un pintor con el que experimenta el desencanto: Ginnia crecerá, y su pérdida de la inocencia será un dejarse arrastrar por la corriente, una toma de conciencia respecto a su vulnerabilidad en un medio hostil donde las fantasías del amor, de los príncipes azules y de las aventuras rosas, son un anestésico desde el que desplomarse. Los palacios sólo son para las princesas, no para las hermanas de los obreros de las fábricas de coches. A veces, El bello verano parece una parodia de la sensibilidad femenina y de sus placebos culturales. Lo peor es que, por debajo de esa necesidad de que el amor de un hombre te salve, queda la intuición de que todo va mal y no tiene arreglo.
En esta novela no ocurre nada realmente extraordinario y, tal vez, por esta razón, nos es tan próxima y, al mismo tiempo, tan difícil de recomendar: a nadie le gusta que le toquen justo en la llaga; pedimos de los libros las mismas ilusiones que destrozan a Ginnia: un paseo por las nubes, Papá Noel, un país en ninguna parte donde se ven volar tantas balas que ya ni siquiera matan. En La bella estate no hay asesinatos, tan sólo gente enferma; no hay grandes pasiones, tan sólo enamoramientos grotescos que desembocan en la vergüenza, como si Ginnia, tras sus actos de amor y de valentía, hubiera salido desnuda a la vía pública; en El bello verano no hay amistades entrañables, únicamente un dejarse hacer; no hay una familia refugio frente a la agresividad del cielo, cuando los pollitos salen del cascarón, sólo el sentimiento de orfandad... el color de las ciudades siempre va a ser el del papel de estraza. En El bello verano el amor es una boca que huele a vino y una habitación ajena en la que esconderse por debajo de una manta. Por eso, la caída de Ginnia, desde el entusiasmo de comenzar a vivir, no tiene el tono épico de un precipitarse en la tragedia: la aventura de Ginnia no acaba con un cuchilla que rasga el filo de la vena, sino con un «llévame tú». Ginnia, para salir del hoyo, reclama la mano curtida y desahuciada, de Amelia, de su lesbianismo, de su sífilis, de su promiscuidad. Ginnia no aprende de su sufrimiento, de las imágenes reflejadas en su humilde cavernita. La inteligencia de las cosas no la fortalece. Ginnia siempre va a tropezarse, cada vez más cansada, con la misma piedra.
Los sentidos ­también los sentidos del amor­ no ayudan a apegarse a la existencia, no son una excusa para aferrarse al hedonismo. Los sentidos siempre son desagradables. Incluso el recuerdo del bello verano se reduce a la imagen de lo perdido, el punto de referencia para padecer un invierno tan húmedo, que ni la pequeña manta del enamoramiento protege de sus inclemencias: la fantasía y la necesidad del amor nos dejan solos y tiritando en un calor rojo que es la ficción de una luz. Sólo importa ese sentido global del desamparo que es, simultáneamente, frío, tacto de lana burda, un color oscuro, el sabor del hierro, un pitido en el tímpano o el silencio total.
Una voz comienza el relato desde la compañía solidaria de un «nosotras»; alguien, aún feliz, habla desde la voz de todos: «En aquellos tiempos siempre era fiesta. Bastaba salir de casa y atravesar la calle para volvernos locas, y todo era tan bonito, especialmente de noche, cuando al regresar, muertas de cansancio, esperábamos que aún sucediese algo, que estallase un incendio, que naciera un niño...» Como un cuento que, concienzudamente, Pavese va a ir enladrillando para devolvérnoslo en su radical tono de falacia. Más tarde, otra voz, una parte quizá de aquella voz originaria, habla en tercera persona del singular, habla sola, y el lector tiene la sospecha de que el desencanto de Ginnia es también soledad y vergüenza, imposibilidad de asumir lo vivido desde la madurez del yo, búsqueda de la distancia para contar el tabú. Ginnia, enajenada, cuenta las pequeñas cosas de la vida a través de una lupa de aumento que, más allá de la costumbre, nos las enseña en su enorme y horrible dimensión: Ginnia se cuenta a sí misma desde fuera, como un amigo que habla de otro y, en realidad, se refiere a sí mismo, con pudor y, al mismo tiempo, expuesto a la inclemencia de las conversaciones sobre terceras personas. Y, pese a todo, el lector sabe que ni Ginnia, ni Guido, ni Amelia, ni Severino, ni Rosa, son culpables de nada, que son seres pequeños e ignorantes, doloridos seres humanos sin capacidad de acción para cambiar su destino. Un mundo que no tolera que nadie resurja de sus propias cenizas, que no permite que ninguna mujer ni ningún hombre se construyan a sí mismos, y pasen por fin de las leñeras y de las cocinas a los salones de baile de palacio. Es necesario interpretar esta novela a la luz de que Ginnia es una mujer y vive con estrecheces. Con esos datos, Pavese nos da la pista para colocar el lirismo y el intimismo en su justo lugar: el de los más débiles. Los más desfavorecidos ya ni siquiera lloran, encanijados en un rincón del mundo. Los ricos sí que lloran, pero con menos argumentos: a las señoritas privilegiadas terminan doliéndoles más los quistes de ovario. Ése es el dolor que puede enaltecerse y relatarse en los cuentos de hadas, en las tragedias de Shakespeare, en los folletines. Para que la huerfanita triunfe, ha de ser de antemano una princesa destronada. El dolor de Ginnia se queda en sordina: éste es el final de todos los cuentos que no están dentro de los libros.
Y vuelvo al punto de partida, a ese puntito en el que El bello verano me tocó dentro, y no sé si comenzar con las claudicaciones que acarrea el crecimiento o cubrirme con esa pátina estoica que nos va congelando una sonrisa de cera en la cara. Desde luego, Pavese no resistió, siguió siendo un poco adolescente y no tuvo el cinismo de llegar a morir de viejo. No creo que ese destino fuera el que nos desease a cada uno de nosotros

5 Comments:

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